Cristóbal Cobo es especialista en políticas de educación y tecnología. Su trabajo se enfoca principalmente en el futuro del aprendizaje, la innovación y las tecnologías centradas en las personas. Participó como speaker del Seminario de Inteligencia Artificial en la Educación, organizado por Fundación Santillana.
Es la más reciente innovación que ha cambiado la vida de toda la población mundial. La Inteligencia Artificial ha impactado en la sociedad, facilitando diversas tareas diarias, acercando aún más la información, acelerando la productividad, reduciendo los errores humanos, entre muchos otros beneficios.
Esta nueva realidad obliga a las escuelas a utilizarla, no solo con el objetivo de facilitar su propio trabajo, sino también con el foco en acercar esta nueva herramienta a sus estudiantes. Sin embargo, su uso trae consigo importantes desafíos para las comunidades educativas.
En la siguiente entrevista, Cristóbal Cobo, especialista en políticas de educación y tecnología, y speaker del Seminario de Inteligencia Artificial en Educación, profundiza en sus beneficios y en las mejores estrategias para implementar esta revolucionaria herramienta en las comunidades escolares.
¿Cuáles crees tú que son los principales beneficios que ofrece la IA en el proceso educativo?
La inteligencia artificial no es un beneficio en sí misma. Lo que ofrece, en primer lugar, es un acceso enorme a datos, información y posibilidades de producción de contenido. Su valor educativo no depende de que exista, sino de la estrategia con que decidamos usarla. Si las instituciones y las personas aprenden a adaptarla, adoptarla, domesticarla y controlarla, puede ser una herramienta de enorme utilidad. Si no, puede ser tremendamente perjudicial.
Un primer beneficio está en la automatización. La IA puede ayudar a resolver tareas rutinarias, repetitivas y de bajo valor cognitivo con menos fricción, en menos tiempo y, en algunos casos, a menor costo. Esto puede ser muy relevante para procesos administrativos, preparación de materiales, organización de información, elaboración de reportes y muchas otras labores que hoy consumen tiempo dentro de las instituciones educativas.
El segundo beneficio es más profundo: la posibilidad de aumentar capacidades. No se trata solamente de hacer más rápido lo que ya hacíamos, sino de hacer cosas cualitativamente distintas. La IA puede ayudarnos a repensar la labor docente, resignificar la relación con los contenidos, transformar las evaluaciones y cambiar la manera en que las instituciones orientan y apoyan a sus comunidades. La pregunta de fondo no es si vamos a usar IA, sino si la usaremos para repetir el mismo modelo educativo o para atrevernos a cambiarlo.
La IA es definitivamente un cambio cultural.
¿Qué estrategias recomendarías a un colegio, y en particular a sus líderes, para fomentar su uso y para una correcta implementación de la IA en sus procesos educativos?
La primera recomendación es actuar con honestidad intelectual. Estamos frente a una tecnología mucho más poderosa que muchas de las que hemos utilizado hasta ahora, porque hace mímesis de procesos cognitivos y nos permite producir conocimiento de maneras que todavía no terminamos de comprender. Además, la evidencia disponible sigue siendo imperfecta y muchas veces viene de otros contextos, no necesariamente de nuestras realidades locales.
Por eso, los líderes educativos deberían resistir la tentación de incorporar IA simplemente porque es moderna, porque está de moda o porque todos parecen estar usándola. Antes de comprar herramientas o capacitar en plataformas, hay que abrir una conversación institucional más incómoda y más importante: qué inteligencia artificial queremos usar, para qué queremos usarla, con quiénes, desde qué edades, bajo qué condiciones y con qué límites.
Esa conversación debe traducirse en reglas del juego claras. Cada comunidad educativa necesita marcos de orientación, regulación y protección para estudiantes, docentes y familias. Cualquier padre debería sentirse con el derecho de preguntar por qué una institución decidió usar o no usar IA a cierta edad, qué mecanismos de protección existen y cómo se evitará que estas herramientas terminen reemplazando el esfuerzo cognitivo de los estudiantes. Sin ese marco, la IA no entra como innovación educativa, entra como ruido tecnológico.
Hemos visto una serie de situaciones de uso incorrecto de la IA en diversos colegios. ¿Cuáles crees tú que son los principales riesgos de la IA para el proceso formativo de los estudiantes?
Como toda tecnología poderosa, la inteligencia artificial abre posibilidades enormes, pero no necesariamente en la dirección que la educación necesita. Entre los principales riesgos están la confianza ciega, la sobredependencia, la delegación automática de tareas y la descarga de la cognición. En términos simples, el peligro es que el estudiante se acostumbre a que otro sistema piense, escriba, resuelva o argumente por él.
Pero el riesgo más profundo no es solamente que los estudiantes dejen que la IA haga el trabajo cognitivo por ellos. El problema mayor es que la IA puede hacer evidente que muchas de nuestras tareas y evaluaciones están diseñadas para evaluar productos de conocimiento y no procesos. Si seguimos haciendo las mismas preguntas de siempre, con las mismas evaluaciones de siempre, estas herramientas podrán producir respuestas de alta calidad con muy poco esfuerzo. Por primera vez, podemos separar la capacidad de comprender un problema de la capacidad de entregar una respuesta aparentemente correcta.
Frente a eso, no basta con prohibir, sancionar o regular. Las instituciones educativas no pueden seguir operando exactamente igual. Lo primero es formar a los docentes para entender los retos cognitivos que trae esta tecnología. Antes de pensar en mecanismos de control, hay que ayudar a los profesores a rediseñar preguntas, experiencias y evaluaciones donde comprender, argumentar, crear y cuestionar sea más importante que simplemente entregar un producto final correcto.
Actualmente sabemos de la existencia de la IA y, en gran medida, cómo usarla. Pero no necesariamente a qué punto nos llevará esta revolución tecnológica.
¿Cuáles son los principales aprendizajes que deben obtener los estudiantes de hoy para desenvolverse en un mundo futuro que no sabemos cómo será?
El mayor error sería educar a los estudiantes para dominar una herramienta específica. Las tecnologías que hoy parecen revolucionarias probablemente quedarán obsoletas o se volverán invisibles, como parte de la infraestructura cotidiana de la sociedad. Por eso necesitamos una educación agnóstica a la tecnología: una educación que no dependa de la plataforma de turno, sino de capacidades profundas y transferibles.
La inteligencia artificial nos obliga a volver a preguntas esenciales: qué significa ser humano, qué significa generar conocimiento, qué significa pensar, cuestionar, aplicar ideas y conectarnos con otros. Si seguimos organizando el aprendizaje como una acumulación de contenidos estáticos, fragmentados y desconectados, la tecnología puede volverse más un problema que una solución. En cambio, si la usamos para despertar curiosidad, creatividad y pensamiento crítico, puede convertirse en una aliada poderosa.
Los estudiantes necesitan aprender a preguntar mejor: por qué, cómo, cuándo, quién lo dice, quién piensa lo contrario, de dónde viene esta información y qué otras versiones de la realidad existen. También deben prepararse para un mundo donde la cognición estará distribuida entre pensamiento humano individual, pensamiento humano con máquinas y pensamiento producido por sistemas artificiales. La clave no será competir con la IA, sino saber cuándo pensar solos, cuándo colaborar con otros y cuándo apoyarse en máquinas sin perder criterio, autonomía ni responsabilidad.
¿Cuáles crees que son los principales beneficios que ofrece la IA a la labor docente?
Los beneficios de la inteligencia artificial para la labor docente pueden organizarse en tres áreas: enseñanza, aprendizaje y gestión. En la enseñanza, la IA permite crear y recrear contenidos, diseñar actividades, adaptar materiales, generar nuevas evaluaciones y traducir ideas entre distintos lenguajes, niveles de complejidad, contextos e idiomas. Esto abre un arsenal de posibilidades para diversificar la práctica pedagógica y conectar mejor con estudiantes que aprenden de maneras distintas.
En el aprendizaje, la IA puede ayudar a personalizar los procesos formativos. Con pautas adecuadas, los estudiantes pueden acceder a explicaciones, ejemplos y apoyos ajustados a su nivel de comprensión. Al mismo tiempo, el docente puede extender ciertas formas de enseñanza más allá del aula, ofreciendo recursos disponibles en distintos momentos y adaptados a los contenidos relevantes del curso. Esto no reemplaza la relación pedagógica, pero puede ampliarla.
En la gestión, la IA puede aliviar parte de la carga administrativa que hoy pesa sobre los docentes. Puede apoyar la preparación de materiales, la organización de información, la elaboración de reportes y otras tareas que consumen tiempo valioso. Pero nada de esto puede funcionar en automático. El docente deberá ser cada vez más celoso de la calidad de los contenidos y desarrollar habilidades sofisticadas de revisión, validación y control. La IA puede producir contenido, pero el sentido pedagógico sigue dependiendo del profesor.
¿Cuáles son las estrategias más eficaces para acercar la IA a los docentes y generar conciencia sobre cómo puede apoyar su labor?
La primera estrategia es transmitir una idea muy clara: la inteligencia artificial no es una obligación, es una opción. Lo que sí resulta indispensable es comprender su impacto en la educación. No todos los docentes tienen que usar IA, ni todas las asignaturas la necesitan de la misma forma, ni todos los contextos justifican su incorporación. Presentarla como inevitable solo genera resistencia, ansiedad o adopciones superficiales.
También es necesario desarmar la idea simplificada de que la IA es una sola cosa. Existen distintas herramientas, distintos modelos y distintas funcionalidades, y su utilidad dependerá de la asignatura, la edad de los estudiantes, la estrategia pedagógica y los objetivos de aprendizaje. En etapas tempranas, quizás no sea deseable que los estudiantes usen IA directamente, aunque sí se puede conversar sobre su impacto. En niveles más avanzados, se puede avanzar hacia usos supervisados y luego hacia mayores grados de autonomía.
La evidencia sobre tecnologías educativas muestra que el factor decisivo no es la herramienta, sino la aceptación de la comunidad docente. Esa aceptación no se consigue solo con capacitaciones, sino generando espacios de consulta, escucha activa y respuesta a las necesidades de los educadores. Para eso se requieren espacios de experimentación, incentivos, tiempo, acompañamiento y comunidades de práctica donde los profesores puedan aprender con pares en quienes confían. Si las instituciones no generan esas condiciones, el riesgo es claro: los docentes más preparados avanzarán primero y el resto quedará rezagado, ampliando brechas que ya existen.